4 de agosto de 2011



trompo imaginario sobre la palma abierta de la noche, fusible de mi tristeza, como un cazador cazado, alcanzado por su historia, el viento me apura hacia la cima de la torre donde anida el tiempo sin hora, ven, me dice tendiéndome una mano de agua, parpadeo y sigo, me quito las vendas que llevan inscritas todas las palabras de mi cuerpo, ¿escuchas el silbido de un ángel? bajamos la torre con nuestros ojos, remontamos el río con nuestros animales muertos a cuesta, el latido del corazón nos avisa:

1 de agosto de 2011

Marcas de viaje, juegos de identidad

Apuntes sobre pinturas recientes de Ricardo Bitrán


Archivo y memoria

¿Qué busca el pintor en una caja de viejas fotografías familiares? ¿Un pretexto para pintar? ¿La huella genealógica que conduce a un inevitable autorretrato? ¿O es la llave que abre otras cajas imaginarias? Las respuestas son múltiples pero todas hablan de un tránsito del archivo a la memoria, dos conceptos que a veces el habla común confunde pero que en realidad nos remiten a experiencias opuestas: el archivo es inerte y sólo recobra vida a la luz de la dúctil memoria. Ésta selecciona, altera, superpone y funde a su antojo, como en los sueños. Cuando miro las fotografías estampadas en estos lienzos me digo que han sido nuevamente reveladas.


Ser y no estar, no ser y estar


Puede decirse que en toda la iconografía de la inmigración (y en esta muestra es muy gravitante el tema de la trashumancia) hay una expresión arquetípica. El efecto de extrañeza –lo extraño y lo que se extraña– en la expresión del que es fotografiado, que el grano de la imagen captura implacablemente. La mirada del inmigrante es cerrada, insondable y a la vez transparente en su vulnerabilidad. Son rostros que están, pero que no pertenecen al lugar, están pero no son, son pero no están.


Un arte de la temporalidad

No puedo dejar de sentir frente a estos cuadros un efecto de temporalidad que va más allá de la pintura y que los emparenta con la escritura y la música. Y no me refiero a la evocación que hacen de otra época, cosa bastante evidente, sino a una auténtica narrativa pictórica que se vale del pincel para hilar un relato de múltiples registros que no esquiva sino que mezcla, en dosis controladas, lo amoroso y lo corrosivo, lo nostálgico y lo caricaturesco. No describe, escribe.



El nombre, las palabras

La sugerente convocatoria de esta muestra (Bucarest, nací en Talca) no es una omisión de palabras (aunque en el trasvase de idiomas y conversaciones se pierden palabras, así como en los viajes sucesivos se pierden los objetos y las costumbres). Remite más bien a la economía del que necesita hacerse entender con pocos signos (como los telegramas de antaño) y que recurre a una sintaxis compacta que, sin embargo contiene, de manera latente, otras palabras. O también se escucha como el deseo de acercar dos nombres, salvar la distancia insalvable que separa esos dos lugares.


Marcas/juegos de identidad


Si aceptamos que la identidad no se refiere sólo a un origen (nuevamente el ser) sino a un devenir, en definitiva a un estar, es posible volver a mirar hacia atrás sin dejarse atrapar por un origen fosilizante. Ricardo Bitrán vuelve a la huella para reanudar lazos ancestrales, honrando a sus muertos y celebrando a sus vivos, pero también lo hace con una mirada lúdica, que se abre al dictado de sus fantasmas y a un devenir inédito. A través de un trabajo de escritura pincelada, nos recuerda el carácter móvil y maleable de la identidad.


El mirón mirado / el retratista retratado

Un personaje aparece en una serie de cuadros, incluso le da nombre a varias de las pinturas. Se trata del voyeur, un mirón que observa, con los brazos cruzados, diferentes escenas que ocurren en un primer plano. Por el hecho de estar situado detrás, justo en un costado, logra quedar –o más bien queda inevitablemente– atrapado en el encuadre. Es problemático el lugar del voyeur porque éste, por definición, quiere mirar sin ser mirado, ver sin ser visto. En Damas y voyeur que retrata a un grupo de mujeres posando en una playa, aparece nuevamente el intruso en un segundo plano. La densidad cromática que le da Bitrán produce un aparente error de perspectiva ya que, debido a la distancia en que está situado, su silueta debería ser más difusa. Esto viene a sugerir algo muy simple, pero que no deja de sorprender: el voyeur no está. Y me atrevo a ir más lejos: no es. Mientras el no ser del inmigrante del que hablábamos más arriba es en realidad un no ser de aquí, el mirón no es a secas porque rehúye la posibilidad de ser mirado y, por ende, de participar del juego humano.
En esta primera y muy esperada presentación exhaustiva de la obra de Ricardo Bitrán, que muestra un oficio madurado en el silencio fértil del taller, si hubiera algo que celebrar aparte de la evidente maestría de su autor, es que se haya al fin abierto a la posibilidad de dejar ver, que es sobre todo un dejarse ver.



Un día hecho de todos los días. El sol de nuestras vidas pintando de luz el día. Rumor de ningún otro día. Y el mar.

2 de abril de 2010

La niña de Tuol Sleng (y 2)


Quiero retroceder contigo en el tiempo hasta esa larga noche que no cesa. Quiero arrancarte de esas tinieblas que tienen cautiva tu alma, y devolverte a la luz del día de este presente. Bajemos los peldaños que conducen a ese día aciago en que se tronchó para siempre tu niñez y tu vida.

Diré cómo (probablemente) fue. Estamos en 197... Corrían días violentos en toda Camboya. En los suburbios de Pnom Penh, donde tú vivías, junto a tus padres, tu abuela y tu hermano pequeño de 4 años, todos los días se escuchaban historias de secuestros, matanzas por parte de los jemeres rojos que se habían hecho fuertes en el país. Llegaban sin previo aviso en jeeps o camiones. Se bajaban con gran alboroto, en su mayoría niños soldados armados con fusiles que sobresalían encima de sus cabezas amarradas con un turbante rojo. Hace dos días se habían llevado a tu padre, profesor de escuela, junto a otros maestros y personas que trabajan en el establecimiento. Tú presenciaste el momento de su detención. Lo viste salir del edificio con los brazos detrás de la nuca, atravesar el patio en fila india junto a otros presos. El te divisó entre tus compañeras y tuvo una mirada para ti que contenía todas las palabras del mundo. Nunca más volverías a verlo. En casa ya sabían la noticia y todos lloraban. Tu madre sujetaba en sus brazos a tu hermano menor y lo mecía con la cadencia de su dolor.

A los dos días, temprano al alba, llegó otro vehículo, esta vez a tu casa. En esta oportunidad fueron menos violentos, o así lo pareció inicialmente. Dijeron que venían a buscarlos a todos para reunirlos con tu padre, quien ahora estaba trabajando para el Partido en una granja campesina. No hubo tiempo de recoger nada, el fuego quedó encendido en el patio, la puerta abierta, tu cama deshecha, aún tibia.

Arriba del camión, el trato cambió bruscamente. Te encontraste con muchas más personas, en su mayoría mujeres y niños. Todos tenían el rostro vendado y no decían palabra, sus cuerpos hacinados. Pronto cayó sobre tus ojos una improvisada venda que unas manos anudaron con exagerada fuerza. Tu madre preguntó adónde los llevaban y recibió un culatazo en el vientre. Atravesaron la ciudad a gran velocidad. La carrera era solo interrumpida para recoger nuevas personas. Mismo ritual: gritos, patadas, culatazos y finalmente las vendas que parecían silenciarlo todo. En esa oscuridad forzosa solo veías imágenes que brotaban agitadas desde tu interior. Luego todo se calmaba momentáneamente, tal vez por efecto del bamboleo del camión, y te veías en tu sala de clase junto a tus compañeras repitiendo en voz alta un texto escrito en la pizarra. Te esforzabas en recordarlo entero, te lo repetías a ti misma. Eras una niña inteligente, aplicada. Eras el orgullo de tu padre, los ojos de tu madre. Te gustaba ayudar, eras la primera en levantar la mano cuando había que realizar una tarea.

Finalmente, el camión se detuvo con el motor encendido y escuchaste una pesada reja abrirse. Minutos más tarde eras bajada junto a tus acompañantes y conducida hacia una construcción sólida, que parecía ser un edificio por el eco que retumbaba en los pasillos. En el tumulto, llamaste a tu madre, pero te hicieron callar de una bofetada. “Aquí solo se habla cuando se te pregunta algo”.

Tras permanecer largos, interminables minutos en una sala sin aire donde sólo se sentían gemidos sordos y llantos de niños, te levantaron del suelo y te empujaron dentro de una habitación contigua. Unas manos retiraron las vendas y te encontraste cara a cara con un chico joven, parecido a los que deambulaban en pandillas por tu barrio. Su mirada era esquiva, se movía agitadamente con una cámara fotográfica colgada alrededor del cuello. Te pidió que te colocaras contra un muro deslavado y que miraras fijo a la cámara, te dijo que era solo cuestión de un momento. Encuadró tu rostro con su objetivo, levantó el rostro y se acercó a ti para ajustar levemente el ángulo de tu cara. “Eso es, muy bien.” El flash te encegueció, sentiste cómo que habían borrado tu rostro.

Los días que siguieron pertenecen al inframundo. Fuiste empujada, junto con las mujeres y los niños que llegaron en tu grupo, a una amplia celda que parecía haber sido una sala de clase por sus grandes ventanales, ahora clausurados con alambre de púa. Aquella noche todos durmieron en el suelo con el estómago vacío. Temprano por la mañana entraron unos guardias que se llevaron a las mujeres, entre ellas a tu madre, dejándote a ti a cargo de tres otros niños, uno de ellos lactante. Más tarde fuiste llevada a un taller que había detrás del edificio principal donde trabajan carpinteros, artistas y herreros junto a un corral de cerdos. Sobre el pasto silvestre que separaba ambas construcciones unos mirlos mayna daban brincos cantando.

En el taller tu trabajo consistía en asistir a los demás presos en sus labores, trayendo y llevando piezas, barriendo, sujetando grandes tablones mientras ellos hundían los clavos a martillazos que caían a destiempo. Una mujer de avanzada edad, con el rostro desencajado por el terror, era la encargada de vigilarlos. Por las noches volvían a la celda a tenderse en el suelo de tablas e intentar conciliar el sueño; ocasionalmente, recibían una porción de alimento consistente en una mezcla de harina con agua y sal. El lactante murió a los pocos días, incapaz por su edad de ingerir ese alimento. Su cuerpo permaneció dos días en el lugar. Las hormigas entraban y salían por su boca y oídos.

Reglamento de la cárcel, exhibido el museo de Tuol Sleng

Cada día llegaban nuevos grupos. Tú escuchabas desde lejos el sonido destartalado de los camiones y luego se repetían las mismas escenas de violencia al momento de ingresar las víctimas al recinto. Tú apretabas tus manos y enjugabas tus lágrimas como si necesitaras esa agua para seguir viviendo, para vivir. ¿Pero qué significaba ahora vivir? ¿Podría alguna vez volver a existir la vida tal como la conociste, con la tibieza del fogón de tu casa, tu mascota querida, las risas bobas de tus amigas, los aromas que traía el viento de otoño cuando salías a pescar con tu padre? Tu madre, tu padre, se habían esfumado, tu hermano pequeño era un fantasma martirizado.

Pasaban los días, las semanas. Aquella mañana en que tu hermano pequeño amaneció muerto lloraste amargamente sobre su pequeño cadáver. Se había cortado el último hilo que te unía con tu antigua vida. Lo despediste con un rezo budista que te había enseñado tu abuela y que ahora te salía entrecortado. Besaste su frente como la piedra más clara de un remanso.

El día de tu partida fuiste despertada al amanecer y sacada de tu celda. Te encontraste en el pasillo con otros niños que se movían desorientados. Más lejos los guardias habían conformado otros grupos de mujeres y de hombres. Algunos ya habían subido a los camiones.

El viaje no fue largo, tal vez unos quince minutos. Durante el trayecto escuchaste a un guardia mencionar el nombre de Choeung Ek y tu pequeño cuerpo se estremeció por los relatos que habías escuchado de otros presos en el taller. Pero cuando te bajaron del camión y retiraron tu venda se abrió ante tus ojos una hermosa campiña que recién acariciaban los primeros rayos de la mañana. Los guardianes formaban grupos de a cinco presos y los arreaban en distintas direcciones. Tu grupo avanzó por un pastizal para luego adentrarse por un sendero algo más selvático. Al poco rato fueron divididos en dos subgrupos de tres y dos personas. Le tendiste la mano a tu compañera que avanzaba a duras penas entre sollozos. Intentaste calmarla y esas palabras eran también un bálsamo para tu espíritu atribulado. De pronto sentiste que separaban su mano de la tuya y que era llevada por otra bifurcación. No te volteaste para verla partir y proseguiste tu marcha con la decisión de quien se encamina hacia su casa. Llegaste al borde de un estero siempre seguida por el ruido de los pasos descalzos de tu ya único guardián. Te reclinaste lentamente para sentir el frescor del agua y tu mano rozó esa tersura olvidada. Alcanzaste a ver en el reflejo del agua un brazo blandiendo un garrote y un relámpago estalló en tu nuca y te encegueció.

Santuario budista en los "campos de la muerte" de Choeung Ek

Todos estos años has habitado un rincón de nuestra casa. Enmarcada en tu espacio-tiempo has permanecido niña. Sólo tu foto ha envejecido. Cuando inicié este relato hace unos días, impelido por un episodio personal de muerte-vida, me sumergí en la búsqueda de todas las posibles pistas que me pudieran acercar a tu incierta biografía. No ha sido fácil abrir esa compuerta, remover ese fango que, en su hedor de brutal muerte colectiva, no devuelve ningún nombre, ningún lugar, ninguna fecha.

Vuelvo a pensar en esos mirlos mayna que hoy se posan en los jardines de Tuol Sleng y que de seguro hace treinta años captaron tu atención con su canto.

Me encuentro ahora con tu imagen reproducida en miles de páginas, junto a la de tantos otros que corrieron tu misma suerte. Pero me quedo con tu retrato retocado por el tiempo. Porque tú eres esa imagen atesorada, esa imagen-niña que envejece dulcemente bajo mis ojos cansados.

Y escribo esto por ti, niña querida, y te nombro por primera vez para que otros te conozcan y te llamen, Srey (“niña”) Mom (“querida”), te nombro Sreymom.

La niña de Tuol Sleng (1)

Hace unas semanas –treinta años después de la caída del régimen dictatorial del Jemer Rojo en Camboya, en 1979– concluyó en ese país el juicio a quienes dirigieron la emblemática cárcel secreta de alta seguridad de Tuol Sleng. Las declaraciones de los acusados y los testimonios de los escasos sobrevivientes y testigos han permitido reconstituir, de manera fragmentada pero no por ello menos impactante, una historia de terror que significó, en ese solo lugar, entre 1975 y 1979, la tortura y muerte de 14.499 personas, incluidos hombres, mujeres, ancianos y niños de todos los orígenes y condiciones. Tan sólo 7 personas lograron salir con vida.

Tuol Sleng (“Colina de los árboles venenosos” en lengua jemer), también conocida por su sigla S21 (“Oficina de Seguridad 21”) estaba emplazada en una antigua y prestigiosa escuela ubicada en el centro de Pnom Penh, capital de Camboya. Con la llegada violenta al poder del Jemer Rojo, liderado por el genocida Pol Pot, sus dependencias fueron reacondicionadas como salas de interrogatorio y tortura. Otros veinte centros parecidos operaron en el país durante ese mismo período.

Cárcel de Tuol Sleng, o S 21, en 1979


Museo del Genocidio de Tuol Sleng, en la actualidad

Por ellos desfilaron, sin esperanza alguna de salir vivas, cientos de miles de personas que, de acuerdo a las tesis maoístas radicales del nuevo régimen, debían ser eliminadas sin contemplación, ya que su mera existencia amenazaba el proyecto de purificación ideológica, esencial para sentar las bases del nuevo sistema. Como el programa político de los jemeres rojos contemplaba la creación de una sociedad agrícola basada en la absoluta igualdad y sumisión a la autoridad del Partido –el Angkar–, las ciudades fueron evacuadas, se abolió toda forma de propiedad, se suprimió el dinero para implantar una economía basada en el trueque. Quedaron proscritos el uso del teléfono, el correo, los automóviles, las bicicletas. Se exterminó a todos aquellos que supieran leer y escribir ya que esto representaba la forma más evidente de contaminación ideológica y lo que se buscaba era crear una sociedad basada en la pureza de los analfabetos. Bajo esas circunstancias, pocos se libraron de ese programa de exterminio. Hombres, mujeres y niños recibieron el mismo trato. Sólo sobrevivieron aquellos que lograron mostrar una docilidad ignorante y una absoluta adhesión a los ideales revolucionarios. No era de sorprender, pues, que en muchos casos la represión estuviera liderada por niños soldados.

Cuando en 1979 las fuerzas vietnamitas invadieron Camboya, los campos estaban cubiertos con las osamentas humanas de más de 1,7 millones de víctimas del régimen. Treinta años después, es frecuente encontrarse con restos de huesos triturados, desenterrados por las lluvias intensas que caen sobre esa hermosa tierra.

En la cárcel de Tuol Sleng los captores tenían como procedimiento sistemático fotografiar a sus víctimas al momento de su ingreso, antes de someterlas a todo tipo de vejámenes y finalmente asesinarlas. Resulta difícil, poniéndonos en la lógica de los verdugos, encontrar una explicación funcional para esa práctica perversa ya que los retratos eran anónimos y sólo eran identificados con un número que era colocado sobre la vestimenta. Si el torso estaba desnudo, éste se fijaba con un imperdible a la piel.

Cuando miembros de la avanzada vietnamita entraron en Tuol Sleng, recién abandonado por sus verdugos, no sabían con qué se iban a encontrar ya que, aparte de la alambrada que rodeaba el recinto y cubría los pasillos de los edificios, no había ningún indicio que delatara el horror que día y noche se había vivido detrás de esos muros. En las antiguas aulas transformadas en celdas, entre los instrumentos de tortura, había rastros de sangre aún fresca en el suelo y cuerpos en estado de descomposición avanzada. En uno de los sótanos, se encontraron con filas de cadáveres de mujeres colgando de una barra de hierro.



Finalmente, en una sala caótica, entre la documentación que los captores no alcanzaron a destruir, figuraba un voluminoso archivo fotográfico con cientos de rostros anónimos.

Por desgracia, no había ningún indicio que permitiera recabar información precisa sobre el destino final de cada una de esas personas. Un silencio ominoso cerraba la escena del crimen.

Pero hay nombres que sí existen y perduran, los de los victimarios. Citaré sólo dos: Kaing Guek Eav (también conocido como camarada Duch), jefe de la policía secreta y comandante de Tuol Sleng, y Nhem En, fotógrafo oficial del recinto.

La crueldad del camarada Duch no tenía límites y era temido por todos, incluidos sus pares, que procuraban no contrariar ninguna de sus órdenes. Desde joven se especializó en la construcción y administración de campos de concentración y con el tiempo sus métodos de tortura y asesinato se fueron refinando. Tuol Sleng es la culminación de su obra de muerte. En enero de 1979, ante el avance de las fuerzas vietnamitas sobre Pnom Penh, huyó hacia las junglas que tapizan la región oeste de Camboya, colindante con Tailandia. Durante dos décadas vivió con una falsa identidad y recién en mayo de 1999 fue desenmascarado y llevado ante la justicia. Diez años después ha concluido tan sólo la fase pericial del juicio llevado en su contra. Reconvertido a la fe cristiana, durante su comparecencia ante los tribunales se mostró como una persona arrepentida de su pasado pero olvidadiza de cualquier detalle específico que pudiera inculparlo mayormente. Eso sí, logró invalidar el testimonio de un presunto sobreviviente de Tuol Sleng alegando que no era tal ya que nadie había salido vivo de allí… “Las órdenes superiores eran claras y terminantes: Mátenlos a todos”.

La carrera de Nhem En en el Jemer Rojo comenzó en 1970, a los 9 años, cuando fue reclutado en su pueblo como tamborilero en una banda revolucionaria itinerante. A los 16 años, según su propio decir, fue enviado a China para asistir a un curso de seis meses de fotografía. Eso le valdría un año después el “privilegio” de ser nombrado fotógrafo oficial en Tuol Sleng y posteriormente jefe de los seis fotógrafos destinados a dicho centro carcelario. “Soy sólo un fotógrafo, no sé nada”, le decía a los presos recién llegados, mientras retiraba las vendas de sus rostros y ajustaba el ángulo de sus cabezas. Pero él sabía que ese retrato era la antesala de la muerte. Nhem En se ha considerado siempre a sí mismo como un artista de la fotografía. Hoy, a sus 47 años, anda libre por el mundo, ya que los tribunales camboyanos consideraron que su participación en los crímenes de Tuol Sleng era tangencial y que él no hacía sino obedecer órdenes. Algunos de sus retratos han sido incluso exhibidos en prestigiosas galerías de artes de Estados Unidos.

Pero su verdadera obra está exhibida en las paredes de Tuol Sleng, actualmente museo de la memoria del genocidio, donde los visitantes deben soportar la visión de miles de rostros desfilando silenciosamente ante sus ojos con la expresión incrédula de quien sabe que está pronto a morir.



Mi destino se cruzó con uno de esos rostros hace treinta años hojeando una revista que relataba los horrores recién desvelados de Tuol Sleng.

Era la imagen de una niña de cara redonda y dulce, de unos ocho o nueve años, vestida con una blusa-delantal arrugada pero con cada uno de sus botones en su ojal. La expresión de su rostro, enmarcado en unos cabellos negros bien peinados y sujetos tras las orejas, era de serenidad y de una cierta seriedad infantil. Su docilidad y su inteligencia parecían haberse aliado en ese cruento trance como un recurso instintivo de sobrevida. Le habían enseñado a ser obediente, pero también a sobrellevar las adversidades cotidianas de la pobreza. Muy probablemente, nunca antes en su vida había sido fotografiada. Este era un momento especial, había que pasar con éxito la prueba. Bien erguida frente a la cámara, los brazos contra su cintura y la mirada fija en el objetivo, no se movió hasta que el fotógrafo le indicó que lo hiciera. Fue su primer y su último retrato.

29 de marzo de 2010

Nothing about love - Un ala de noche

Dos discos de ALEJANDRO LAZO



UNA CITA DIFERIDA

Quince años es el plazo que se dio Alejandro Lazo para finalmente hacer públicas estas canciones. Este dato a nadie puede dejar indiferente, más aún en una época de inflación de la palabra y de voracidad mercantil en que el objeto artístico es puesto en circulación antes de haber siquiera sido concebido. A esta resistencia a la vorágine, que evita la sobreexposición, se agrega otra característica, más inherente a la obra: una poética de la austeridad y de la búsqueda del silencio, que encuentra su mejor resonancia en el encuentro íntimo, de tú a tú, con su público.

Liberado de la tensión que significa ser pública y formalmente un “artista”, Alejandro desarrolla un lenguaje prodigiosamente libre que se vale solo de su radar interno para discriminar lo que sirve o no sirve. Y en este material confluye un poderoso abanico de experiencias vitales, sonoras y literarias, superpuestas en capas geológicas a veces difícilmente discernibles. Joni Mitchell, Bob Dylan, se entrelazan con la mejor tradición trovadoresca latina y el pulso de la música brasileña. Destellos de una lectura personalísima del pop inglés se combinan con una exploración minimalista que lo acerca a ciertos autores doctos contemporáneos. Dejémosle a otros la ardua pesquisa…

Entre las primeras canciones (en su gran mayoría de amor), que aún reflejan el purismo de la juventud, y el ciclo de Nothing about love, compuesto en el vientre de la bestia (Los Angeles, California), hay un evidente corte, una fisura. Lo que media entre un período y el otro son años de trashumancia, el encuentro/choque con la otra lengua (la lengua del otro), la crispación de los sueños, el endurecimiento de la voz. Pero es más que nunca la expresión soberana y tenaz de este siempre joven músico y poeta, que se yergue contra el cielo vacío, contra la ley, contra todos los mutiladores de sueños.

El desfase de años con que se nos presenta esta obra la transforma en una cita diferida. En ese sentido, nos retrotrae al momento luminoso de su gestación o, inversamente, la instala en este presente otro con todos sus acentos intactos, devolviéndonos, por el poder del arte y del corazón, algo que misteriosamente nos pertenecía.

27 de marzo de 2010

Recomienzo




En el recomienzo de mi vida que se abre y se anuncia en este sábado de abril veintisiete, a un mes preciso que la tierra se sacudiera debajo de nuestros pasos dormidos, inauguro esta página expresando mi gratitud.

Agradezco la libertad de estar vivo entre los vivos, agradezco los afectos que corren por la sangre encendiendo todos los rincones del ser, agradezco la belleza perfecta de lo imperfecto, la estrella, la noche que con su tinta azul dibuja un día nuevo.

Y quiero expresar esta gratitud a través de los girasoles que mi hermano Vincent pintó con alegría desesperada para mí, para ti y para todos, sol de soles, fuerza lumínica llamada a encender hasta la más pobre semilla, esa que damos por perdida o por muerta...

Gracias a ti, girasol, que en el momento en que la oscuridad me atenazaba el pecho y amenazaba con suprimirme te volteaste hacia mí y reencendiste con gesto simple la brasa antigua de mi vida.

2 de diciembre de 2007

Metro Chabacano revisitado

para Javier Alvarez




Transitaba 33 años después, Javier, por la calzada Tlalpan con Pedro Miguel y Truchita, nos abríamos paso por la ciudad imposible que, sin embargo, seguía siendo el lugar posible de nuestros sueños, la calzada estaba húmeda como cuando tú y yo nos disfrazábamos de frac y paseábamos de noche por el zócalo con unas gardenias en la mano saludando transeúntes, leíamos a Paul Eluard con un fondo desgarrado de Archie Shepp y de Coltrane, México era una utopía y nosotros nos sentíamos parte de ella --transitaba 33 años después por Tlalpan y de pronto en mi ventana se cruzó inadvertidamente la estación de metro Chabacano y tu música irrumpió en la cabina del automóvil con la violencia más dulce, con la dulzura más violenta, somos música, pensé, estamos hechos de esa materia parecida al agua que comunica todo con todo, el sonido con el hambre, la luz con el tiempo, somos música que se desenvuelve sobre la palma interminable de nuestra mano, se lo dije a Pedro Miguel (Truchita ya dormía en su hombro) cuando la estación de metro Chabacano ya era solo un punto amarillo en el retrovisor, y el silencio que siguió fue el triunfo de tu música que aún resuena, querido Javier, al fondo de mi garganta

30 de octubre de 2007

Tumbas

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“Y me siento disperso como un muerto dentro de su tumba.”

Rainer Maria Rilke


Cierta vez me contaron de un abuelito nonagenario y senil que tras enterrar a su esposa, también nonagenaria, declaró radiante a los familiares presentes, que aún enjugaban sus lágrimas: “No hay nada mejor que un paseo por el cementerio para abrirte el apetito”. Esta anécdota un tanto negra revela, sin embargo, una verdad profunda: no hay nada mejor que probar un pequeño sabor de la muerte para devolvernos el apetito de vivir. Caminar por un cementerio es caminar sobre la franja delgada que separa la vida de la muerte. Avanzamos, envueltos en un silencio sordo, entre hileras de casas, quiero decir, de tumbas. Nos detenemos ante un nombre. Estiramos la mano y tocamos la fría piedra invocando la memoria del difunto. Sentimos su presencia, la pretérita ciertamente, pero también la materialidad de sus restos. Desciframos nombres, fechas, epitafios, invocaciones, sobre las que el tiempo ya también ha actuado, salimos con un paso más decidido, nos sumergimos en el bullicio de la ciudad, reconfortados de pertenecer a este mundo: los demás son los que mueren.

Pero los cementerios son también museos al aire libre donde se exhiben muertos célebres, huesarios míticos. Visitar sus tumbas es consumar la irresistible fantasía de una cita a solas con el genio o la musa, un momento de intimidad con aquellas figuras tan esquivas durante su paso por este mundo o simplemente inalcanzables en el tiempo y el espacio. Ahí están, al acance de nuestra mano, inamovibles en la muerte, esperándonos, esperándote, lector/lectora.


Un poco de historia

Los cementerios son una invención bastante reciente, incluso en el mundo desarrollado. En el siglo XVIII una ciudad tan ilustre como París aún enterraba sus muertos en enormes fosas comunes que, con el pasar del tiempo, llegaron a contener millones de cadáveres amontonados sin más, los unos sobre los otros. Sólo las personas influyentes tenían derecho a ser enterradas dentro de las iglesias. Ocurrieron incluso accidentes desgraciados como cuando una casa entera se desmoronara por haber sido construida sobre este inestable humus humano. No fue necesario enterrar a sus moradores.

La pestilencia era intolerable, las epidemias proliferaban fruto de la intensa actividad apoptósica de los cuerpos a sólo escasos centímetros de la superficie. Finalmente, la autoridad resolvió confinar a los muertos en parques especialmente habilitados para este fin. Así nacieron los famosos cementerios parisinos de Montparnasse, Montmartre y Père-Lachaise, hoy lugares masivos de visita y peregrinación. Pero primero hubo que vaciar las fosas comunes y transportar las toneladas de osamentas a las galerías de unas antiguas canteras ubicadas en las afueras de la ciudad. La macabra mudanza duró dos años completos, de 1786 a 1788 (un año más tarde estallaría la Revolución y sobrevendría el Terror, con su prodigiosa máquina de muerte), y consistió en interminables procesiones que desfilaban a plena luz del día por las principales calles de la ciudad, a vista y paciencia del público.

Inicialmente, la aparición de los cementerios no tuvo una acogida muy entusiasta, especialmente en las clases altas que consideraban poco chic estar enterrado fuera de una iglesia y tener además que vivir (morir) en condominio con la servidumbre. Pero una hábil política de las autoridades, consistente en trasladar las cenizas de personajes ilustres, como Molière y La Fontaine, y erigirles llamativas tumbas en estos nuevos predios, junto a la concesión de espacios a perpetuidad, terminó por seducir a la élite social, que se apresuró a reservar en vida los mejores paños de tierra para sus futuros deudos.

Es así como se inicia una carrera frenética por poblar los nuevos camposantos con monumentos funerarios que compiten en megalomanía y a veces en mal gusto. Lo que alguna vez fueran predios verdes y frondosas arboledas se transforma lentamente en auténticas ciudades, con avenidas, plazas y calles. Algunas de sus tumbas y mausoleos familiares, auténticas mansiones, son la más elocuente negación de aquella sentencia de San Pedro que rezaba “abandonarás este mundo tal como llegaste a él”. En realidad se trata de no abandonarlo o, en el peor de los casos, de hacerlo, pero mucho más rico y famoso.

A diferencia de las fosas comunes, que, como ya se dijo, eran macabras e insalubres y, por ende, su visita era prohibida, los flamantes cementerios se transformaron en lugar de recogimiento, paseo de día domingo, exorcismo cuando no abiertamente de voyerismo.


Visita a los cementerios

Mi afición por los cementerios se remonta a muchos años. De niño, mi padre me llevó en varias oportunidades al Cementerio General de Santiago de Chile. Fue mi primer contacto con ese mundo de ultratumba. Mi padre caminaba con paso firme por las avenidas que de pronto se transformaban en calles y luego en estrechos pasadizos entre las lápidas. Cuando llegábamos frente a la tumba del deudo cuya memoria él venía a honrar, la conversación se interrumpía abruptamente. El rostro de mi padre adquiría una expresión crispada, desencajada, que nosotros interpretábamos como que él se encontraba en línea directa con Dios. De pronto, sin previo aviso, se volteaba y volvía aceleradamente sobre sus pasos. Nosotros corríamos detrás de él aprovechando de vez en cuando las inesperadas oportunidades que nos ofrecía este marmóreo parque de entretenciones.

El Cementerio General de Santiago es un hermoso espacio cívico del siglo XIX que de alguna forma emula a sus pares europeos. Lo volví a visitar recientemente y lo que más me llamó la atención fue la cantidad de tumbas desmoronadas o en lastimosa condición producto de la acción sucesiva de los movimientos telúricos que abundan en el país. Las tumbas individuales no retuvieron mi atención, ni siquiera aquellas que albergan a personajes destacados de nuestra historia republicana, pero no pude contener mi emoción ante la galería de nichos del sindicato de zapateros de Chile… Víctor Jara también tiene su nicho en la zona más populárica del cementerio y de su tumba brotan siempre flores frescas.

Tumba de Víctor Jara
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Nunca olvidaré la visita al claustro de un antiguo monasterio en Castilla la Vieja, en el que estaban arrumbadas miles de calaveras. En la pared una leyenda rezaba más o menos así: “Visitante, como miras yo miraba, como me ves, te verás”. Después de esa reconfortante sentencia fuimos invitados a pasar a una salita contigua donde se vendían souvenirs.


El cementerio Père-Lachaise

El Père-Lachaise de París es uno de los cementerios que reúne a la mayor cantidad de celebridades. Comparten este hermoso espacio figuras tan dispares como Apollinaire, Miguel Angel Asturias, Balzac, Maria Callas, Chopin, Eloísa y Abelardo, Paul Eluard, Max Ernst, Jim Morrison, Modigliani, Yves Montand y Simone Signoret (enterrados en una misma tumba), Edith Piaf, Oscar Wilde, entre muchos otros.

Wilde, que vivió sus últimos años en un hotel parisino, descansa en un portentoso sarcófago soportado por una esfinge. La obra fue encargada por una de sus acaudaladas admiradoras. Al parecer, la inminencia de la muerte no intimidó para nada al escritor irlandés. Fiel a su proverbial sentido del humor, le habría confesado a un amigo que fue a visitarlo a su habitación en el Hotel d’Alsace, días antes de su muerte: “Mi papel mural y yo tenemos un duelo a muerte. O sobrevive él o yo”. Sobrevivió el papel mural –hasta hoy.


Tumba de Oscar Wilde

En otro extremo del parque se encuentra la tumba de Jim Morrison, líder y vocalista de The Doors. Cuando visitamos su tumba en 1981 había un busto tamaño natural del cantante que descansaba sobre una lápida cubierta de graffitis. Una pareja de jóvenes desgreñados improvisaba un picnic al pie de la tumba. Mientras ella pelaba un huevo duro, el rasgaba unos acordes en su guitarra. Diez años después, volvimos al mismo lugar. El busto había sido robado y la lápida antigua reemplazada por otra más clásica, con inscripciones en un lenguaje polinésico que no pude descifrar. Un tumulto de personas rodeaba la tumba y un guardia armado –probablemente asignado al lugar después del hurto del busto y de las protestas de los familiares de los moradores vecinos que habían visto las lápidas depredadas o transformadas en panegíricos de dudoso gusto– se encargaba, de mala manera, de mantener a raya a los visitantes.


Tumba de Jim Morrison

Caso notable es el de Victor Noir, seudónimo de Yvan Salmon, periodista republicano muerto a los 22 años de un balazo que le profirió Pierre Bonaparte, primo pendenciero de Napoleón III. Aun cuando la versión oficial señala que se trató de una muerte accidental producto de una riña política, se dice que Noir había cosechado muchos enemigos por su condición de infatigable mujeriego y que el mismísimo Pierre B. lo había sorprendido arando en zurco ajeno. Su muerto causó una enorme conmoción en el pueblo de París, que ya estaba harto de vivir bajo la bota de los Bonaparte. Al entierro concurrieron 100 mil personas, cifra inusitada para la época.
Los restos del malogrado periodista fueron trasladados al Père-Lachaise. Su tumba esculpida en bronce nos muestra a Victor Noir tal como lucía tras el disparo: el cuerpo tendido en el suelo, la boca abierta, las manos distendidas, el sombrero a sus pies. El detalle que concita la mayor atención del público y que es objeto de culto supersticioso es la llamativa protuberancia del pantalón en la zona de los genitales. Se dice que quien quiera consumar un sueño de amor o de fertilidad debe acariciar el miembro del caballero y éste se cumplirá. De ahí el particular brillo que exhibe dicha zona.


Tumba de Victor Noir

Finalmente, en una de las lomas del parque se halla la tumba de Eloísa y Abelardo, amantes prohibidos del siglo XII, cuyos restos descansan en una capilla abierta acariciada por frondosos castaños. Ambos personajes están tendidos sobre la lápida, con su atuendo monacal, las manos en actitud de rezo y los ojos puestos en el cielo. Pero detrás de esa serenidad piadosa se esconde una historia trágica, que ha hecho soñar a generaciones enteras: la de un prelado y prestigioso profesor de teología en París –Abelardo– que seduce a su muy joven alumna –Eloísa– y que luego de varios episodios novelescos que incluyen el desenmascaramiento de esta relación secreta, el intento de Abelardo de contener el escándalo y reparar la afrenta casándose con la joven, pero para luego confinarla en un monasterio, la castración de Abelardo como acto de venganza de la familia de Eloísa, la reclusión definitiva de ambos en apartados monasterios desde donde sostendrán una singular correspondencia en la que la mujer, ya por entonces abadesa, le confiesa su irreductible amor y le reprocha al hombre el no haber sabido corresponderla; él evade este poderoso llamado, invitándola a sublimar este sentimiento en un amor superio –el de Dios– que, augura, los unirá para toda la eternidad.


Tumba de Eloísa y Abelardo


Así las cosas, la tumba del Père-Lachaise nos brinda las dos facetas de esta singular pareja, unidas por un borde de fuego: por una parte, se nos aparece como una lección ejemplar de continencia y de sublimación trascendente; por otra, no menos fuerte, evoca, en la unión física de esas cenizas, de ese polvo enamorado la insistencia de un deseo que, más allá de la vida y de la muerte, no cesa de desear.


Cementerio de Montparnasse

El otro gran cementerio de París –el Montparnasse– alberga también a muchas figuras ilustres, tales como Baudelaire (enterrado, como Dios manda con su señora madre), Samuel Beckett (solíamos verlo con su baguette debajo del brazo por el bulevar Raspail), Marguerite Duras, Serge Gainsbourg, Ionesco, Man Ray, Jean-Paul Sartre y Simone De Beauvoir (que no compartieron piso en vida, pero sí en la eternidad), Tristan Tzara, Julio Cortázar. ¡Cortázar! Estuvimos el día de su entierro, en una mañana fría con sol. El larguísimo féretro avanzó por la avenida fúnebre, y se detuvo ante la fosa abierta donde lo esperaba su compañera de los últimos años, Carole Dunlop, que le fue arrebatada tempranamente. Con ella vivió y escribió la odisea de “los argonautas de la cosmopista”. Lo acompañaba una multitud de cronopios desconsolados que empuñaban claveles rojos. Se rumorea que incluso asistió el propio Cortázar.


Tumba de Julio Cortázar y Carol Dunlop

César Vallejo, que había profetizado que moriría “en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo” también comparte residencia en este parque, pero su tumba, al igual que su vida, es remota, secreta, improbable. Pocos son los que han logrado dar con su lápida ubicada en una zona en la que las tumbas están dispuestas en interminables hileras paralelas, como si los muertos hubieran sido preparados para una sesión de desnudos con Tunick.


César Vallejo, tal vez ante su futura tumba


Muertos perdidos o destruidos

Vine a descubrir la palabra cenotafio en Viena. Designa a los monumentos erigidos a los muertos in absentia. Son levantados en honor a aquellos muertos célebres cuyos cuerpos fueron desaparecidos o se volatilizaron en algún momento, como Juana de Arco o Saint-Exupéry, o aquellos que, pese a su celebridad, no pudieron pagar su propio entierro y acabaron en fosas comunes, como nuestro hermano Mozart.
En el cementerio de San Marx de Viena, pese a la invitación que me hacía el hermoso parque a recorrerlo, sólo quise detenerme en el lugar en el que presumiblemente se ubicaba la fosa comunal en la fue depositado el cuerpo de Wolfgang Amadeus aquella mañana del 5 de diciembre de 1791. Imposible no sentir entre los dedos el olor de madera de una sus melodías.


Cenotafio de Wolfgang Amadeus Mozart

Federico García Lorca también tiene su cenotafio en Barranco de Víznar, pequeña localidad ubicada en las cercanías de Granada. Una rústica escultura de piedra, levantada al pie de un olivo, recuerda el lugar donde el poeta fue fusilado la noche del 19 de agosto de 1936, junto a un maestro y dos toreros anarquistas. Al despedirnos del lugar, brindamos con unas limonadas frías en su memoria.


Cenotafio de Federico García Lorca

Volviendo a Mozart, en el cementerio de San Sebastián, en Salzburgo, se encuentra una joyita histórica: la tumba de Constanza Weber, esposa de Mozart, que le sobrevivió casi 50 años, casándose en segundas nupcias con un gran admirador del músico, Georg Nikolaus von Nissen. No por nada la tumba reza así: “Constanza von Nissen witwe (viuda de) MOZART”. Pero la afición mozartiana del marido lo llevó aún más lejos: dispuso que las cenizas del padre del músico, Leopoldo Mozart, fueran colocadas en la misma tumba, entregando así al ex suegro y a la ex nuera a un incesto perpetuo.


Muertos con vista al mar

Tres poetas chilenos disputaron la hegemonía de las letras nacionales a lo largo del siglo XX: Neruda, Huidobro y Parra. Los dos primeros están muertos y descansan, según su propia voluntad, frente al oceáno Pacífico. Pero al parecer ni la inmensidad del mar es un espacio compartible para estos tres patriarcas. Neruda instaló sus cuarteles de invierno en el balneario de Isla Negra y pidió ser enterrado en ese lugar (y así se hizo 20 años después de su muerte, ya que originalmente la dictadura militar dictaminó que debía ser enterrado en un discreto nicho en Santiago), Huidobro hizo lo propio en Cartagena (hoy, un balneario popular y maravillosamente decadente, pero antaño refugio de la más rancia aristocracia chilena, de la que Huidobro provenía). Nicanor Parra, que aún goza de una envidiable salud a sus 90 años, está instalado en un balneario contiguo a Isla Negra, llamado Las Cruces, esperando (sin prisas) la muerte. Tres mares territoriales para tres grandes egos que no parecen tener cabida juntos en esta larga y angosta franja de tierra llamada Chile.


Tumba de Vicente Huidobro



Hermanados en la muerte

Al final de sus memorias, Simone de Beauvoir sentencia con una frase lapidaria, si me permito la expresión, lo que significa para ella la muerte de su compañero de toda la vida, Jean Paul Sartre: “Así como la vida no nos separó, su muerte no nos unirá”. Pero, al parecer, sus deudos no lo vieron tan así, pues la enterraron, pocos años después, junto al filósofo, en el cementerio de Montparnasse. Ese gesto sólo se explica por la necesidad que tenemos los vivos de apaciguar en nuestra imaginación la radical ruptura que significa la muerte, de exorcisar ese horror vacuis del que hablaba Aristóteles. Y lo cierto es que funciona.

Apaciguadora entonces resulta la compañía que Theo Van Gogh le sigue brindando a su atribulado hermano Vincent por los siglos de los siglos en el pequeño cementerio de Auvers-sur-Oise. Durante años atendió a distancia las necesidades materiales y espirituales del pintor –todo ello ha quedado registrado en una de las correspondencias (hermosa palabra) más memorables. Apaciguadora y hermosa es la contiguidad en las islas Marquesas de las tumbas del gran cantautor Jacques Brel, que vivió sus últimos años en ese paraíso perdido, y del visionario Paul Gauguin, que desembarcara un siglo antes con sus pinceles y pigmentos en esa residencia definitiva, huyendo, según su propio decir, del “horror económico”.


Tumbas de Vincent y Theo Van Gogh

Los otros son los que te entierran

Cuando llegue nuestra hora, correremos una suerte parecida a la de la mayoría de los muertos que nos precedieron: no tendremos potestad alguna sobre nuestro cadáver. Seremos despedidos de este mundo de acuerdo al sentir y parecer de nuestros representantes legales, a la imaginación y voluntad de nuestros sepultureros. Los vivos seguirán muriendo y los muertos vivirán para siempre “que nunca la misma muerte / se oyó decir que murió” (Quevedo).